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Gobernanza, un espacio para el debate

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Hace unos días se publicó el último número de la Revista Gobernanza, publicación digital de la Asociación Internacional para la Gobernanza, la Ciudadanía y la Empresa (AIGOB) con la que tengo el honor y el placer de colaborar.

Gobernanza es un revista política, que analiza la actualidad con planteamientos críticos, fomentando el debate y la generación de ideas. Aborda temas de política internacional -en particular sobre América Latina-, política local, y Responsabilidad Social Corporativa, entre otros, con el objetivo de impulsar y fortalecer la cultura democrática del siglo XXI, y mejorar la calidad de vida de nuestra sociedad, y por tanto de l@s ciudadan@s.

Además del honor de compartir espacio con autor@s prestigiosos como F. Xavier Ruiz Collantes, Moisés Naim, Peter Hakim, o Juli Ponce, la publicación. abierta a la colaboración, me permite escribir e intercambiar opinión sobre algunos de los temas que más nos ocupan y preocupan en estos tiempos: transparencia, democracia, participación política de las mujeres, derechos humanos, o tendencias políticas en América Latina.  

En esta ocasión colaboro con un artículo sobre las reformas que está impulsando el nuevo gobierno mexicano liderado por el Presidente Peña Nieto, a través del Pacto por México, el gran acuerdo entre las principales fuerzas políticas mexicanas, para sacar adelante reformas de calado que ayuden a resolver algunos de los problemas estructurales que enfrenta el país, como la desigualdad, la pobreza, o la educación. 

En estos tiempos en los que nuestro país atraviesa una de las crisis económicas y políticas más profundas de las últimas décadas, y en particular en un día como el de hoy, en el que conocemos nuevos datos sobre la corrupción política, un espacio para el debate abierto y plural como el que ofrece la Revista Gobernanza se me antoja imprescindible. Sólo el análisis honesto, riguroso y plural, en las antípodas de la manipulación, la simplificación y la frivolidad, puede sentar las bases de una cultura democrática abierta, propositiva y cercana a l@s ciudadan@s. Una cultura democrática del siglo XXI.

La contradictoria voluntad de Brasil de ser un actor global

brasil foto angel

Ejercer un liderazgo en el escenario internacional depende, en primer lugar, de la capacidad para hacerlo (en términos, fundamentalmente, de tamaño, influencia y alianzas políticas, y peso económico), pero también de la voluntad para asumir los costes que conlleva jugar un papel que no resulta sencillo, que no siempre es beneficioso –o al menos que lo es siempre en términos relativos- y que acarrea notables costes económicos.

Sin capacidad, los intentos de ejercer el liderazgo son puro voluntarismo. Pero sin voluntad, ningún liderazgo puede emerger y consolidarse. Querer no siempre es poder. Pero, si no se quiere, será irrelevante si se puede.

No cabe duda de que Brasil es hoy, por su población, tamaño, y peso económico y político, un país con capacidad para ejercer no sólo un liderazgo regional sino, también, global en el escenario internacional. Su relevancia es evidente: ha cerrado 2011 como sexta economía del mundo, es un activo miembro del G20, es país líder en la lucha contra el hambre y la pobreza en el mundo.

La reivindicación, que no es reciente, de contar con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y de mejorar su presencia en los órganos directivos de las instituciones financieras multilaterales (Fondo Monetario Internacional, y Banco Mundial) para adaptarla a su peso actual, podrían ser consideradas como muestras evidentes de la voluntad de jugar un papel global.

Sin embargo, a pesar de su rotunda relevancia en el escenario internacional, promovida asimismo por su potente diplomacia, no está claro que, efectivamente, Brasil desee y esté dispuesto a ejercer un liderazgo global. Esto es, lo persiga genuina y consecuentemente, y asuma la implicación que supone, incluido el posicionamiento en los grandes temas globales con una visión amplia, y no sólo nacional, así como los costes políticos y económicos de promover y defender, ante y con sus aliados naturales, sus socios regionales y otros actores globales, esa visión global..

De hecho, a través de muchas de sus autoridades y representantes políticos, Brasil ha afirmado, explícitamente, “no querer ser líder” –ni en la región ni en el escenario global-, sino “ser tratado como igual”. Lo cual encierra, en sí mismo, una contradicción.

Lo que más bien parece plantear Brasil es una aspiración a ser reconocido como un país con derecho a tomar las decisiones que considere más oportunas para la defensa de sus intereses nacionales, tanto en términos económicos como políticos. Esto últimos pueden incluir (al menos lo han hecho con los liderazgos de Lula da Silva y, quizá en menor medida, con el actual de Dilma Rousseff) una contribución sólida a la defensa de los bienes públicos globales como la paz y la seguridad, el impulso a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la defensa del medio ambiente, el multilateralismo eficaz, o el desarrollo sostenible.

Esta aspiración brasileña de liderazgo “relativo” pero fuerte podría, quizá, tener mayor posibilidad de materializarse si Brasil y México –el segundo país más importante de América Latina y que se identifica como uno de los nuevos países emergentes o MIST (con Indonesia, Corea del Sur y Turquía)- fueran capaces no sólo de superar una tradicional rivalidad y recelo mutuo, sino de sumar sus relevancias, promover intereses compartidos, y encontrar terrenos comunes en asuntos que puedan reforzar su posición internacional mientras fortalecen intereses nacionales y regionales. Una alianza entre Brasil y México podría no sólo multiplicar su relevancia global de manera individual sino, quizá, ser el único camino para  afianzarla.