Informe 2013 sobre la libertad de prensa en el mundo

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Desde 2002, Reporteros sin Fronteras viene analizando anualmente el estado de la libertad de información en el mundo. En aquella primera Clasificación Mundial, realizada sobre un total de 139 países, la organización señalaba que la libertad de prensa “no era un privilegio de los países ricos”, pues países como Benín se situaban entre los mejor clasificados. Por el contrario, este año Japón, la tercera economía del mundo, ha perdido 31 puestos, colocándose en el lugar 53 de la tabla, debido a la gestión opaca de la crisis nuclear de Fukushima.

La Clasificación Mundial 2013 analiza la libertad de prensa de periodistas y netciudadanos en un total de 179 países. Finlandia, Países Bajos y Noruega siguen manteniendo las primeras posiciones en el respeto escrupuloso de esta libertad, como también de otros derechos fundamentales. 

El informe sitúa a los BRICS, a excepción de Sudáfrica,  en posiciones bajas o muy bajas en la clasificación. Brasil, en el lugar 108, continúa su caída, iniciada en 2012, en buena medida debido a la persistente falta de pluralismo de los medios de comunicación. Rusia, en el puesto 148, pierde varias posiciones tras la vuelta a la presidencia de Vladimir Putin y su política represiva contra la oposición, sumada a la situación de impunidad ante los asesinatos y agresiones a periodistas, que se perpetúa en el país. India, donde también crece el clima de impunidad, y se mantiene la censura en la red, se encuentra, con el puesto 140, en su peor nivel desde 2002. China, en el lugar 173, no mejora: junto a la permanente censura en internet, un gran número de periodistas y netciudadanos son encarcelados. Por el contrario, el último en incorporarse a los BRICS, Sudáfrica, conserva un buen lugar -como bien señala Reporteros sin Fronteras, la libertad de prensa es una realidad en el país -, con el puesto 52, aunque ha ido retrocediendo anualmente hasta salir, por primera vez, del grupo de los 50 países mejor clasificados.

Entre los avances a destacar, ligados a la recuperación de la estabilidad política y los primeros pasos de apertura de las libertades fundamentales, dos países africanos: Malaui (que avanza del puesto 146 al 75 actual);  y Costa de Marfil  (que avanza 63 puestos, situándose en el 96);  y dos asiáticos, Myanmar (que pasa del 169 al 151 de la tabla, con las primeras y tímidas medidas de apertura democrática), y Afganistán (que avanza 22 puestos, situándose en el 128), cuyo ascenso se explica por el hecho de que no haya periodistas encarcelados en el país.

Aunque los países de la Unión Europea, Estados Unidos (en el puesto 32) y Canadá (en el 20, aunque baja 10) se siguen ubicando en los 50 primeros puestos de la clasificación, la libertad de prensa sigue retrocediendo en Grecia, Italia, y Hungría. La profunda crisis social y económica, además de política, que sitúa a Grecia en el puesto 84 de la clasificación, impacta también a los periodistas, expuestos a la violencia de los grupos extremistas y de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. En Italia, situada en el puesto 57, a la penalización de la difamación hay que sumar la ley mordaza, que prohíbe la difusión de documentación relativa a las conversaciones telefónicas o de correo electrónico. Hungría, en el puesto 56, ha venido constriñendo la libertad de prensa con la ley aprobada en 2010, que permite retirar licencias y cerrar medios de comunicación.

España, en el puesto 36, gana 3 respecto a 2012, pero aún se mantiene a distancia de buena parte de los socios europeos (países nórdicos, Luxemburgo, Austria, Irlanda o Alemania), si bien está cercana a Portugal, Reino Unido y Francia (situados en los puestos 28, 29 y 37, respectivamente).

Una vez más, la libertad de prensa es un buen indicador de la calidad democrática, y/o de la falta de los mínimos derechos y libertades fundamentales en aún demasiados países del mundo.

Espíritu crowd

imagen para espíritu crowd

La Sociedad Red ha cambiado radicalmente los códigos sobre los que basamos nuestras relaciones. La des-jerarquización, el fin de la verticalidad en la toma de decisiones, los liderazgos colectivos, y la creación colaborativa son algunas de sus nuevas claves. La pasión, la conciencia social, la libertad y la creatividad -valores de la ética hacker tal y como la recoge Pekka Himanen en “La ética del hacker y el espíritu de la era de la información” – se consolidan como motores esenciales. En este contexto, el diálogo es una herramienta imprescindible.

En su último libro, “Manifiesto Crowd. La empresa y la inteligencia de las multitudes Antoni Gutiérrez-Rubí y Juan Freire analizan cómo esta revolución está impactando a las organizaciones, en particular a las empresas. La cultura empresarial del siglo XXI tiene tres ejes principales de transformación: la comunicación, la organización, y la creación de talento, que establecen nuevos modelos de relación y de negocio. Organización horizontal, comunicación permanente, innovación continua. Frente a la arrogancia y la distancia de las organizaciones tradicionales, la amabilidad y la humildad, junto con la implicación social, de las empresas del siglo XXI.

La Sociedad Red requiere una nueva mirada, una nueva manera de pensar las preguntas y los enfoques. Para las organizaciones capaces de realizar estas lecturas inteligentes, constituye una gran oportunidad.

El libro, acompañado de un Manifiesto de 66 puntos, explora las fuentes de la inteligencia de las multitudes, cómo se puede poner en marcha, y cómo afecta a las empresas, ofreciendo las premisas básicas sobre las que se asienta la empresa que incorpora el crowd a su ADN.

En el siglo XXI el consumidor pide más diálogo y menos seducción. Y para ello la empresa debe tener un carácter explorador, ser permeable, flexible, porosa, favoreciendo la interacción entre los distintos ámbitos estructurales. Ser poroso nos permite contagiarnos de otras ideas y oportunidades. La empresa permeable es la que sabe escuchar, y hacer partícipe al cliente, con más transparencia, y promoviendo la innovación y la creatividad.

Generar innovación requiere nuevos espacios transdisciplinares o adisciplinares, de modo que no importe tanto el origen como lo que aportas y tus motivaciones. La empatía (entender las razones y el lenguaje del que es distinto disciplinar y socialmente), y la capacidad de diálogo son clave. El valor central de este modelo ya no es la competitividad, sino la capacidad de cooperar para mejorar una idea. Ser disruptivo resulta imprescindible, y esa rotura brusca, a menudo, se produce cuando se combinan, en un mismo entorno, perfiles profesionales de distintas disciplinas.

En la Sociedad Red, es esencial para la empresa establecer alianzas (que sólo pueden construirse sobre el diálogo) con los stakeholders, lo que le permitirá generar vínculo en y con la sociedad. La empresa ha de tener una visión de su presencia en el espacio público -y traducirla participando en el diálogo público– en un mundo abierto que reclama transparencia, colaboración, conocimiento compartido y empoderamiento. Comprender el valor de la inteligencia conectada, y transformarla en beneficio mutuo, es estratégico para la gobernanza del ecosistema.

Los 66 puntos del Manifiesto constituyen la declaración de compromisos que la empresa crowd está dispuesta a asumir, mostrando así su voluntad de valorar la inteligencia de las multitudes. De entre ellos destaco los siguientes:

-La empresa del siglo XXI no puede estancarse en un su perímetro de seguridad, debe explorar el posible adyacente.
-Conectividad empresarial no es unir puntos ni tejer redes…es establecer relaciones para pensar, desarrollar y comercializar conjuntamente.
-La RSE es el pasado, negocio e implicación social son ya dos partes inseparables de una misma estrategia.
-La empresa crowd transforma la competividad en competencia, y la rivalidad en cooperación.
-La empresa crowd está abierta al mundo entero.
-Las organizaciones jerárquicas orientadas a la eficiencia se desconectan emocionalmente de sus empleados, y su innovación es cara y lenta.
-En un mundo en cambio continuo la innovación continua es una necesidad de supervivencia, y no ya una opción más para las empresas.
-Para poder innovar hay que tolerar el fracaso.
-Una marca efectiva debe incorporar a su narrativa las relaciones emocionales con y las voces de los stakeholders.
-La gobernanza de un ecosistema complejo de stakeholders debe ser la preocupación principal de cualquier organización.
-Solo con innovación ciudadana, gobiernos y empresas pueden enfrentarse a los retos de la Sociedad Red.

El libro puede descargarse gratuitamente.

 

La contradictoria voluntad de Brasil de ser un actor global

brasil foto angel

Ejercer un liderazgo en el escenario internacional depende, en primer lugar, de la capacidad para hacerlo (en términos, fundamentalmente, de tamaño, influencia y alianzas políticas, y peso económico), pero también de la voluntad para asumir los costes que conlleva jugar un papel que no resulta sencillo, que no siempre es beneficioso –o al menos que lo es siempre en términos relativos- y que acarrea notables costes económicos.

Sin capacidad, los intentos de ejercer el liderazgo son puro voluntarismo. Pero sin voluntad, ningún liderazgo puede emerger y consolidarse. Querer no siempre es poder. Pero, si no se quiere, será irrelevante si se puede.

No cabe duda de que Brasil es hoy, por su población, tamaño, y peso económico y político, un país con capacidad para ejercer no sólo un liderazgo regional sino, también, global en el escenario internacional. Su relevancia es evidente: ha cerrado 2011 como sexta economía del mundo, es un activo miembro del G20, es país líder en la lucha contra el hambre y la pobreza en el mundo.

La reivindicación, que no es reciente, de contar con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y de mejorar su presencia en los órganos directivos de las instituciones financieras multilaterales (Fondo Monetario Internacional, y Banco Mundial) para adaptarla a su peso actual, podrían ser consideradas como muestras evidentes de la voluntad de jugar un papel global.

Sin embargo, a pesar de su rotunda relevancia en el escenario internacional, promovida asimismo por su potente diplomacia, no está claro que, efectivamente, Brasil desee y esté dispuesto a ejercer un liderazgo global. Esto es, lo persiga genuina y consecuentemente, y asuma la implicación que supone, incluido el posicionamiento en los grandes temas globales con una visión amplia, y no sólo nacional, así como los costes políticos y económicos de promover y defender, ante y con sus aliados naturales, sus socios regionales y otros actores globales, esa visión global..

De hecho, a través de muchas de sus autoridades y representantes políticos, Brasil ha afirmado, explícitamente, “no querer ser líder” –ni en la región ni en el escenario global-, sino “ser tratado como igual”. Lo cual encierra, en sí mismo, una contradicción.

Lo que más bien parece plantear Brasil es una aspiración a ser reconocido como un país con derecho a tomar las decisiones que considere más oportunas para la defensa de sus intereses nacionales, tanto en términos económicos como políticos. Esto últimos pueden incluir (al menos lo han hecho con los liderazgos de Lula da Silva y, quizá en menor medida, con el actual de Dilma Rousseff) una contribución sólida a la defensa de los bienes públicos globales como la paz y la seguridad, el impulso a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la defensa del medio ambiente, el multilateralismo eficaz, o el desarrollo sostenible.

Esta aspiración brasileña de liderazgo “relativo” pero fuerte podría, quizá, tener mayor posibilidad de materializarse si Brasil y México –el segundo país más importante de América Latina y que se identifica como uno de los nuevos países emergentes o MIST (con Indonesia, Corea del Sur y Turquía)- fueran capaces no sólo de superar una tradicional rivalidad y recelo mutuo, sino de sumar sus relevancias, promover intereses compartidos, y encontrar terrenos comunes en asuntos que puedan reforzar su posición internacional mientras fortalecen intereses nacionales y regionales. Una alianza entre Brasil y México podría no sólo multiplicar su relevancia global de manera individual sino, quizá, ser el único camino para  afianzarla.

La historia de Amaro Cifuentes

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Hoy quiero recomendaros un libro. Vaya por delante que la autora, Esther Trujillo, es amiga. Pero no es por eso por lo que escribo esta reseña sobre su obra, “La sociedad que no quería ser anónima”. Lo hago porque el libro, su primer libro –estoy segura de que no será el único- es francamente bueno.

La sociedad que no quería ser anónima” es un libro de acción empresarial y, al tiempo, una novela corta, la historia de Amaro Cifuentes. Contiene rigurosas aportaciones teóricas sobre la Responsabilidad Social Empresarial –tema sobre el que Esther Trujillo tiene una dilatada experiencia directiva y académica;  y, entrecruzándose con ellas, el relato de las vivencias y experiencias –muy reales- de un personaje que deja huella, Amaro Cifuentes, un directivo de RSE. Con Amaro ríes, te enterneces, te rebelas. Y, sobre todo, comprendes.

La sociedad que no quería ser anónima” es un auténtico manual. Para quienes deseen aprender sobre Responsabilidad Social corporativa, Diplomacia Corporativa, o Responsabilidad Social Empresarial -en cualquiera de sus acepciones- será pronto imprescindible. Para quienes sean profesionales de la RSE, el libro será una lectura cómplice, un espejo en el que mirarse para seguir reconociéndose ante el espejo cada día. Y para encontrar aliento. El libro es, también, un buen instrumento de orientación profesional: si después de leerlo sigues queriendo dedicarte a la tarea profesional que desempeña Amaro Cifuentes, lo tuyo es la Responsabilidad Social.

La sociedad que no quería ser anónima” explica, y muy bien, las claves para poner en marcha una estrategia de RSE, cómo orientar el proyecto, crear valor interno y externo, cómo gestionar las relaciones -gran capítulo-, la comunicación, el equipo, las crisis, los indicadores o cómo medir los resultados. Y relata -con generosidad, sin disimulos, dejando a la vista las miserias pero también el compromiso y entusiasmo sinceros- la creatividad y el rigor con el que tratan de hacer todo eso Amaro y su equipo. Buenos ejemplos, en gran parte basados en hechos reales, de cómo crear complicidades internas, cómo identificar y engrasar el diálogo con tus grupos de interés, o como gestionar errores, sobre todo los ajenos.

Esther Trujillo ha escrito un magnífico primer libro. Lo ha hecho con la cabeza y con el corazón. Lo ha hecho con su habitual honestidad intelectual y personal, y el libro las rezuma. Es un libro para aprender. Para inspirarse e inspirar. Un libro útil, de esos a los que vuelves, relees y citas. Es un libro que no te miente y que, además, te dice la verdad. Te habla, sin ambages, de las contradicciones que persisten en las organizaciones empresariales entre el deber ser y el ser, y de la enorme distancia entre los compromisos que se dice asumir, y los muros -a veces incluso involuntarios- que se levantan a la puesta en práctica de la responsabilidad social.  Es un libro valiente. No esconde las dificultades de la tarea, ni promete que, si haces bien tus deberes, puedas lograrlo. Pero te da decenas de motivos para creer que la gestión empresarial en este siglo XXI será responsable y ética, o no será.

De entre las pocas, y cuidadosamente elegidas, citas que contiene el libro, me quedo con ésta de Mahatma Gandhi: “Al principio te ignoran, después se ríen de ti, después luchan contigo, y luego, ganas”.

Otra razón más para hacerse con el libro: los beneficios de los derechos de la autora se destinan a UNICEF.

Ernesto Zedillo: globalización de la economía y localidad de la política

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El pasado 28 de febrero asistí a la XV Conferencia de la Fundación Francisco Fernández Ordóñez (CAFFO), que este año tuvo como invitado al ex Presidente mexicano Ernesto Zedillo.  Introducido por Emilio Casinello, ex Embajador en México y Director del Centro de Toledo para la Paz (CITpax), y presentado por el Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, José Manuel García Margallo, Zedillo disertó sobre “Globalización de la economía y localidad de la política: algunas consecuencias de este desafortunado desfase”.

Ernesto Zedillo, que tuvo que gestionar, a su llegada a la presidencia mexicana en diciembre de 1994, la crisis económica cuyos efectos internacionales fueron conocidos como el llamado Efecto Tequila”, señaló sin ambages la falta de voluntad política de los países miembros del G20 para cumplir con los cuatro principales compromisos asumidos en las sucesivas Cumbres que, tras la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008, reunieron a los líderes mundiales en Washington, Londres, y Pittsburgh: la reforma del sistema financiero global, la de los organismos financieros multilaterales (el FMI y el Banco Mundial), el compromiso de concluir la Ronda de Doha sobre comercio en 2010, y una mayor coordinación de políticas económicas.

Zedillo expresó clara y rotundamente su análisis: “no se hizo nada de lo acordado en el G20”, “Kioto ha sido un fracaso”, “la Ronda de Doha no va”, y “existen desequilibrios macroeconómicos peligrosos (exceso de superávit en algunos países, exceso de déficits en otros) que generan shocks de la globalización y complican enormemente la capacidad del multilateralismo” para dar respuesta a estos desafíos. La respuesta internacional a la crisis, señaló, ha sido un fracaso. Se acordaron los instrumentos -con los que no se contaba en anteriores crisis- pero faltó la voluntad política para cumplir con los compromisos asumidos.

En su intervención Zedillo advirtió que, si no se abordan fórmulas de gobernabilidad mundial –que no se atisban-, podemos ir hacia una situación de catástrofe, y a una nueva crisis (cuando aún no hay recuperación de la que estalló en 2008) de proporciones aún mayores que la actual, pues no se han hecho las profundas y necesarias reformas en el sistema internacional.

De nuevo, es la voluntad política la que da la medida de cómo pueden darse respuestas y resolverse los desafíos de este mundo interdependiente y globalizado. ¿Qué más tiene que pasar para que los dirigentes políticos decidan aplicar las decisiones comprometidas? ¿Cuantos empleos se han de perder, cuántas personas más han de empobrecerse para asumir que hay que actuar, y que hay que hacerlo ya? ¿Será el medio ambiente una víctima más de la crisis? ¿No está sobradamente demostrado -como reconoció el propio Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación español -que las medidas de austeridad no resolverán la crisis?

Los grandes desafíos globales como la crisis económica y financiera internacional, el cambio climático, los problemas de narcotráfico y crimen organizado transnacional, el hambre y la pobreza, sólo pueden ser abordados desde una perspectiva común y multilateral. Pero el verdadero problema no es encontrar y diseñar mecanismos globales, sino comprometer la voluntad política necesaria para implementarlos.

Sin voluntad política, los compromisos son papel mojado. Lograr un sistema global capaz de afrontar los desafíos y los shocks de la globalización económica no sólo es conveniente, sino que es necesario y urgente. A las amenazas y desafíos existentes y a los desequilbrios profundos, hay que sumar la desafección de la ciudadanía hacia la política y los representantes políticos.  Que los líderes mundiales no sean capaces de cumplir con los compromisos asumidos, alimenta esta distancia, cada día mayor.

Zedillo apuntó, como otra de las consecuencias del desfase entre la globalización económica y la falta de respuestas políticas globales, la incapacidad de los gobiernos de crear una nueva relación con los ciudadanos, de pactar nuevos acuerdos, adaptando el sistema democrático a la toma de decisiones internacionales. De hacer política y ciudadanos cosmopolitas.

Es la política, sí, siempre es la política.

Ecuador: ¿cohesión social versus democracia?

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Mañana, 17 de febrero, los ecuatorianos votarán para elegir Presidente para los próximos cuatro años. Hay pocas dudas, según todos los análisis y los datos que arrojan las encuestas, de que Rafael Correa, en el cargo desde noviembre de 2006 (reelegido en 2009), logre de nuevo el apoyo mayoritario. Su popularidad roza el 80%. Falta saber si su victoria se producirá en primera o en segunda vuelta. Se cifra en un 30% el número de indecisos.

Entre los factores que explican las buenas perspectivas de Rafael Correa destaca la notable reducción de la brecha de desigualdad social que se ha venido produciendo durante sus ocho años de gobierno. La tasa de pobreza extrema ha disminuido significativamente de un 40% en 2001 a un 16,5% en 2010. Aunque en las zonas rurales (donde vive un 38% de la población), todavía el 40% vive en condiciones de pobreza.

El desempleo se ha reducido al nivel más bajo de la historia del país, y se cifra en torno al 5%. El alto precio del petróleo, la principal fuente de ingresos del país, ha permitido mantener una fuerte inversión social y en infraestructuras. Esta agenda social ha sido una constante del gobierno de Correa. En los primeros cien días de su primer gobierno, Rafael Correa dobló las ayudas a las familias más pobres y aumentó los subsidios en materia de vivienda, electricidad, y gas, entre otros. El Bono de Desarrollo Humano, que reciben casi 2 millones de personas (en un país de 14 millones aproximadamente) se ha incrementado en los últimos meses de 35 a 50 dólares USA. El salario básico se ha incrementando recientemente de 292 a 318 dólares USA, así como el Bono Vivienda, que se aumentó de 5000 a 6000 dólares para adquirir una vivienda de hasta 15000 dólares.

Rafael Correa llegó a la presidencia de la República en un momento en el que la brecha entre la sociedad civil y los partidos políticos, la desconfianza y el desprestigio de las instituciones, y el hartazgo de la población frente a un Estado incapaz de dar respuestas a los problemas del país no hacían más que profundizarse. Ocho Presidentes en apenas una década. Una profunda crisis de gobernabilidad, un modelo político, social y económico agotados, amplios sectores de la población en situación de exclusión social y de pobreza o pobreza extrema, y una democracia débil componían el escenario en el que Rafael Correa, en una campaña electoral ascendente, recibió el apoyo mayoritario en noviembre de 2006.

Con un mensaje populista de rechazo a la élite política tradicional, de cambio del modelo político e institucional (de “refundación” del Estado), y de inclusión social y económica, Rafael Correa ganó las elecciones de forma inesperada, tras una campaña en la que los pronósticos iniciales apuntaban a una disputa en segunda vuelta entre el candidato del centro-izquierda León Roldós, y el populista de derechas Álvaro Noboa, el empresario bananero más rico del país (candidato, de nuevo, en las elecciones de mañana).

Ser un político sin partido le supuso a Correa una excelente baza electoral. Recogió, junto con un voto ávido de cambio, el voto de rechazo hacia la clase política tradicional, corrupta e inoperante. Correa se identificó como el “candidato del pueblo” frente a los candidatos de las élites. Ser un outsider fue su gran carta de presentación.

Tras ocho años de mandato, el principal eje de su campaña electoral y elemento movilizador ha sido, de nuevo, el rechazo a la clase política, la “partidocracia”, a pesar de que la mayoría de los partidos y actores políticos tradicionales han desaparecido de la escena política. Conseguir una amplia mayoría en la Asamblea Legislativa que le permita actuar sin contrapesos, su objetivo fundamental.

La importante agenda social del Presidente Correa no ha venido acompañada de cuidados a la maltrecha democracia ecuatoriana. La institucionalidad no sólo no se ha fortalecido, sino que se ha debilitado desde dentro. Los espacios de pluralidad política se han venido achicando en el país a lo largo de estos ocho años. La concentración de poder en el Presidente – que muchos denominan “hiperpresidencialismo”-; las amplias mayorías de Alianza País –el partido oficial- tanto en la Asamblea Constituyente que elaboró la nueva Constitución de 2008, como en la Asamblea Legislativa; la falta de diálogo y el hostigamiento a la oposición; los continuos ataques a los medios de comunicación críticos con el gobierno; y una relación de enfrentamiento con las ONGS lo ilustran. La polarización social, alentada y alimentada por el gobierno, es notable.

Aunque el Presidente Correa disfruta de una popularidad que ronda el 80%, ha ido perdiendo, progresivamente, apoyos de importantes sectores sociales que le acompañaron en sus inicios: los movimientos indígenas, los movimientos sociales, los académicos e intelectuales críticos con la antigua clase política. El Referéndum de mayo de 2011 (con el que se introdujeron controles al poder judicial y a los medios de comunicación) que Correa ganó por un estrecho margen, visibilizó está pérdida de apoyos a su proyecto político de “Revolución Ciudadana”.

La agenda de desarrollo y de inclusión social impulsada por el Presidente Correa ha logrado importantes avances en términos de reducción de la pobreza extrema y de la pobreza, disminuyendo la brecha social en el país. Sin embargo, el debilitamiento de la pluralidad democrática, y por tanto de la democracia, son evidentes.Así también ha sucedido en otros países de la región, pero también hay ejemplos, como Brasil, en los que el fortalecimiento democrático y una agenda de inclusión social son términos de una ecuación de éxito.

Aglutinar a la sociedad en torno a un proyecto político, sumar voluntades para impulsar la cohesión social y el progreso de una mayoría de la sociedad, cultivar el diálogo con la oposición, garantizar la máxima pluralidad de los medios de comunicación, y la separación de poderes son elementos esenciales de una democracia fuerte y sana. Sería muy deseable que Ecuador, que ha logrado notables avances en términos sociales, aprovechara estos próximos cuatro años para, sin abandonar una agenda de inclusión social que ha llegado para quedarse, recorrer también el camino del fortalecimiento democrático.

Transparencia, transparencia, transparencia


Hace semanas me llegó esta presentación de Don Tapscott:  “Cuatro principios para la apertura mundial”. La encontré interesante e inspiradora, y hoy, cuando vivimos en nuestro país una de las crisis institucionales-además de económica y social- y de confianza ciudadana más profundas y desoladoras de nuestra democracia, creo que tiene aún más sentido.

La revolución tecnológica ha transformado el mundo, que avanza a gran velocidad en una dirección en la que la apertura no es ya un horizonte futuro, sino un presente ineludible. Ha dejado de ser un deseo para convertirse en una realidad. Y un poderoso motor para generar innovación. Much@s lo han comprendido, e iniciativas como el open-government pueden enmarcarse en este nuevo escenario.

La apertura significa transparencia; colaboración; conocimiento compartido (la información ya no es poder, sino que el poder reside en compartir la información), y empoderamiento. Este mundo abierto está generando mayores espacios de libertad, de articulación de respuestas colectivas, de intercambio, de colaboración, de participación. Y eso, es bueno. Recordando las palabras de Louis D. Brandeis, Juez de la suprema corte de justicia de los Estados Unidos, Tapscott subraya que la luz del sol es el mejor desinfectante civilizatorio, y señala que “necesitamos un montón de luz solar en este mundo atribulado”.

En esta nueva era en red, de la inteligencia conectada, la clave es la confianza. Como señala Tapscott, en el mundo actual, las instituciones (como las organizaciones) están desnudas, al descubierto, y tienen que ser honestas necesariamente, porque la honestidad es visible (y también su ausencia) como nunca antes; del mismo modo, la integridad tiene que ser un componente de su ADN, porque de lo contrario serán incapaces de lograr la confianza. Y sin confianza, no hay intercambio. No hay diálogo, ni colaboración, ni apoyo, ni credibilidad, ni respeto, ni legitimidad. Sin confianza en su producto, ninguna empresa puede sobrevivir, y mucho menos tener éxito.

Mientras estos principios -diálogo sincero, conocimiento compartido, transparencia, escucha activa- ya son aplicados en todo el mundo por muchas organizaciones (conscientes de que la diplomacia corporativa es un elemento esencial para situarse en el mundo), en nuestro país los viejos esquemas de la opacidad, la ocultación, la negación y ausencia de diálogo, las trabas a la colaboración, nos sumen en una situación esperpéntica donde, lejos de buscar obtener la confianza, se cuestiona a los ciudadanos por querer saber; donde se considera que se pueden negar explicaciones que no convienen a los intereses propios; donde se escatima transparencia en la falsa creencia de que, actuando así, es posible silenciar una realidad. Por mucho que algunos se empeñen, ese viejo modelo ya no puede funcionar ni sostenerse.

Tapscott expresa su confianza en que este mundo abierto contribuya a resolver algunos de los problemas mundiales más acuciantes. El hermoso ejemplo del murmullo de las alas de los estorninos, en el cierre de su presentación, es elocuente. Un mundo abierto y colaborativo es proclive a la búsqueda de soluciones globales y compartidas.

En la era post-industrial en la que vivimos, la transparencia que conlleva un mundo abierto ha dejado de ser una opción. El tren ha salido ya de la estación.Y eso, además de ser imparable, es bueno. Convendría que los responsables políticos entendieran el alcance de esta realidad.

La presentación dura algo menos de 18 minutos. Os aseguro que merece la pena.