La historia de Amaro Cifuentes

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Hoy quiero recomendaros un libro. Vaya por delante que la autora, Esther Trujillo, es amiga. Pero no es por eso por lo que escribo esta reseña sobre su obra, “La sociedad que no quería ser anónima”. Lo hago porque el libro, su primer libro –estoy segura de que no será el único- es francamente bueno.

La sociedad que no quería ser anónima” es un libro de acción empresarial y, al tiempo, una novela corta, la historia de Amaro Cifuentes. Contiene rigurosas aportaciones teóricas sobre la Responsabilidad Social Empresarial –tema sobre el que Esther Trujillo tiene una dilatada experiencia directiva y académica;  y, entrecruzándose con ellas, el relato de las vivencias y experiencias –muy reales- de un personaje que deja huella, Amaro Cifuentes, un directivo de RSE. Con Amaro ríes, te enterneces, te rebelas. Y, sobre todo, comprendes.

La sociedad que no quería ser anónima” es un auténtico manual. Para quienes deseen aprender sobre Responsabilidad Social corporativa, Diplomacia Corporativa, o Responsabilidad Social Empresarial -en cualquiera de sus acepciones- será pronto imprescindible. Para quienes sean profesionales de la RSE, el libro será una lectura cómplice, un espejo en el que mirarse para seguir reconociéndose ante el espejo cada día. Y para encontrar aliento. El libro es, también, un buen instrumento de orientación profesional: si después de leerlo sigues queriendo dedicarte a la tarea profesional que desempeña Amaro Cifuentes, lo tuyo es la Responsabilidad Social.

«La sociedad que no quería ser anónima» explica, y muy bien, las claves para poner en marcha una estrategia de RSE, cómo orientar el proyecto, crear valor interno y externo, cómo gestionar las relaciones -gran capítulo-, la comunicación, el equipo, las crisis, los indicadores o cómo medir los resultados. Y relata -con generosidad, sin disimulos, dejando a la vista las miserias pero también el compromiso y entusiasmo sinceros- la creatividad y el rigor con el que tratan de hacer todo eso Amaro y su equipo. Buenos ejemplos, en gran parte basados en hechos reales, de cómo crear complicidades internas, cómo identificar y engrasar el diálogo con tus grupos de interés, o como gestionar errores, sobre todo los ajenos.

Esther Trujillo ha escrito un magnífico primer libro. Lo ha hecho con la cabeza y con el corazón. Lo ha hecho con su habitual honestidad intelectual y personal, y el libro las rezuma. Es un libro para aprender. Para inspirarse e inspirar. Un libro útil, de esos a los que vuelves, relees y citas. Es un libro que no te miente y que, además, te dice la verdad. Te habla, sin ambages, de las contradicciones que persisten en las organizaciones empresariales entre el deber ser y el ser, y de la enorme distancia entre los compromisos que se dice asumir, y los muros -a veces incluso involuntarios- que se levantan a la puesta en práctica de la responsabilidad social.  Es un libro valiente. No esconde las dificultades de la tarea, ni promete que, si haces bien tus deberes, puedas lograrlo. Pero te da decenas de motivos para creer que la gestión empresarial en este siglo XXI será responsable y ética, o no será.

De entre las pocas, y cuidadosamente elegidas, citas que contiene el libro, me quedo con ésta de Mahatma Gandhi: «Al principio te ignoran, después se ríen de ti, después luchan contigo, y luego, ganas».

Otra razón más para hacerse con el libro: los beneficios de los derechos de la autora se destinan a UNICEF.

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Ernesto Zedillo: globalización de la economía y localidad de la política

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El pasado 28 de febrero asistí a la XV Conferencia de la Fundación Francisco Fernández Ordóñez (CAFFO), que este año tuvo como invitado al ex Presidente mexicano Ernesto Zedillo.  Introducido por Emilio Casinello, ex Embajador en México y Director del Centro de Toledo para la Paz (CITpax), y presentado por el Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, José Manuel García Margallo, Zedillo disertó sobre «Globalización de la economía y localidad de la política: algunas consecuencias de este desafortunado desfase».

Ernesto Zedillo, que tuvo que gestionar, a su llegada a la presidencia mexicana en diciembre de 1994, la crisis económica cuyos efectos internacionales fueron conocidos como el llamado Efecto Tequila”, señaló sin ambages la falta de voluntad política de los países miembros del G20 para cumplir con los cuatro principales compromisos asumidos en las sucesivas Cumbres que, tras la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008, reunieron a los líderes mundiales en Washington, Londres, y Pittsburgh: la reforma del sistema financiero global, la de los organismos financieros multilaterales (el FMI y el Banco Mundial), el compromiso de concluir la Ronda de Doha sobre comercio en 2010, y una mayor coordinación de políticas económicas.

Zedillo expresó clara y rotundamente su análisis: «no se hizo nada de lo acordado en el G20», «Kioto ha sido un fracaso», «la Ronda de Doha no va», y «existen desequilibrios macroeconómicos peligrosos (exceso de superávit en algunos países, exceso de déficits en otros) que generan shocks de la globalización y complican enormemente la capacidad del multilateralismo» para dar respuesta a estos desafíos. La respuesta internacional a la crisis, señaló, ha sido un fracaso. Se acordaron los instrumentos -con los que no se contaba en anteriores crisis- pero faltó la voluntad política para cumplir con los compromisos asumidos.

En su intervención Zedillo advirtió que, si no se abordan fórmulas de gobernabilidad mundial –que no se atisban-, podemos ir hacia una situación de catástrofe, y a una nueva crisis (cuando aún no hay recuperación de la que estalló en 2008) de proporciones aún mayores que la actual, pues no se han hecho las profundas y necesarias reformas en el sistema internacional.

De nuevo, es la voluntad política la que da la medida de cómo pueden darse respuestas y resolverse los desafíos de este mundo interdependiente y globalizado. ¿Qué más tiene que pasar para que los dirigentes políticos decidan aplicar las decisiones comprometidas? ¿Cuantos empleos se han de perder, cuántas personas más han de empobrecerse para asumir que hay que actuar, y que hay que hacerlo ya? ¿Será el medio ambiente una víctima más de la crisis? ¿No está sobradamente demostrado -como reconoció el propio Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación español -que las medidas de austeridad no resolverán la crisis?

Los grandes desafíos globales como la crisis económica y financiera internacional, el cambio climático, los problemas de narcotráfico y crimen organizado transnacional, el hambre y la pobreza, sólo pueden ser abordados desde una perspectiva común y multilateral. Pero el verdadero problema no es encontrar y diseñar mecanismos globales, sino comprometer la voluntad política necesaria para implementarlos.

Sin voluntad política, los compromisos son papel mojado. Lograr un sistema global capaz de afrontar los desafíos y los shocks de la globalización económica no sólo es conveniente, sino que es necesario y urgente. A las amenazas y desafíos existentes y a los desequilbrios profundos, hay que sumar la desafección de la ciudadanía hacia la política y los representantes políticos.  Que los líderes mundiales no sean capaces de cumplir con los compromisos asumidos, alimenta esta distancia, cada día mayor.

Zedillo apuntó, como otra de las consecuencias del desfase entre la globalización económica y la falta de respuestas políticas globales, la incapacidad de los gobiernos de crear una nueva relación con los ciudadanos, de pactar nuevos acuerdos, adaptando el sistema democrático a la toma de decisiones internacionales. De hacer política y ciudadanos cosmopolitas.

Es la política, sí, siempre es la política.

Ecuador: ¿cohesión social versus democracia?

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Mañana, 17 de febrero, los ecuatorianos votarán para elegir Presidente para los próximos cuatro años. Hay pocas dudas, según todos los análisis y los datos que arrojan las encuestas, de que Rafael Correa, en el cargo desde noviembre de 2006 (reelegido en 2009), logre de nuevo el apoyo mayoritario. Su popularidad roza el 80%. Falta saber si su victoria se producirá en primera o en segunda vuelta. Se cifra en un 30% el número de indecisos.

Entre los factores que explican las buenas perspectivas de Rafael Correa destaca la notable reducción de la brecha de desigualdad social que se ha venido produciendo durante sus ocho años de gobierno. La tasa de pobreza extrema ha disminuido significativamente de un 40% en 2001 a un 16,5% en 2010. Aunque en las zonas rurales (donde vive un 38% de la población), todavía el 40% vive en condiciones de pobreza.

El desempleo se ha reducido al nivel más bajo de la historia del país, y se cifra en torno al 5%. El alto precio del petróleo, la principal fuente de ingresos del país, ha permitido mantener una fuerte inversión social y en infraestructuras. Esta agenda social ha sido una constante del gobierno de Correa. En los primeros cien días de su primer gobierno, Rafael Correa dobló las ayudas a las familias más pobres y aumentó los subsidios en materia de vivienda, electricidad, y gas, entre otros. El Bono de Desarrollo Humano, que reciben casi 2 millones de personas (en un país de 14 millones aproximadamente) se ha incrementado en los últimos meses de 35 a 50 dólares USA. El salario básico se ha incrementando recientemente de 292 a 318 dólares USA, así como el Bono Vivienda, que se aumentó de 5000 a 6000 dólares para adquirir una vivienda de hasta 15000 dólares.

Rafael Correa llegó a la presidencia de la República en un momento en el que la brecha entre la sociedad civil y los partidos políticos, la desconfianza y el desprestigio de las instituciones, y el hartazgo de la población frente a un Estado incapaz de dar respuestas a los problemas del país no hacían más que profundizarse. Ocho Presidentes en apenas una década. Una profunda crisis de gobernabilidad, un modelo político, social y económico agotados, amplios sectores de la población en situación de exclusión social y de pobreza o pobreza extrema, y una democracia débil componían el escenario en el que Rafael Correa, en una campaña electoral ascendente, recibió el apoyo mayoritario en noviembre de 2006.

Con un mensaje populista de rechazo a la élite política tradicional, de cambio del modelo político e institucional (de «refundación» del Estado), y de inclusión social y económica, Rafael Correa ganó las elecciones de forma inesperada, tras una campaña en la que los pronósticos iniciales apuntaban a una disputa en segunda vuelta entre el candidato del centro-izquierda León Roldós, y el populista de derechas Álvaro Noboa, el empresario bananero más rico del país (candidato, de nuevo, en las elecciones de mañana).

Ser un político sin partido le supuso a Correa una excelente baza electoral. Recogió, junto con un voto ávido de cambio, el voto de rechazo hacia la clase política tradicional, corrupta e inoperante. Correa se identificó como el “candidato del pueblo” frente a los candidatos de las élites. Ser un outsider fue su gran carta de presentación.

Tras ocho años de mandato, el principal eje de su campaña electoral y elemento movilizador ha sido, de nuevo, el rechazo a la clase política, la “partidocracia”, a pesar de que la mayoría de los partidos y actores políticos tradicionales han desaparecido de la escena política. Conseguir una amplia mayoría en la Asamblea Legislativa que le permita actuar sin contrapesos, su objetivo fundamental.

La importante agenda social del Presidente Correa no ha venido acompañada de cuidados a la maltrecha democracia ecuatoriana. La institucionalidad no sólo no se ha fortalecido, sino que se ha debilitado desde dentro. Los espacios de pluralidad política se han venido achicando en el país a lo largo de estos ocho años. La concentración de poder en el Presidente – que muchos denominan «hiperpresidencialismo»-; las amplias mayorías de Alianza País –el partido oficial- tanto en la Asamblea Constituyente que elaboró la nueva Constitución de 2008, como en la Asamblea Legislativa; la falta de diálogo y el hostigamiento a la oposición; los continuos ataques a los medios de comunicación críticos con el gobierno; y una relación de enfrentamiento con las ONGS lo ilustran. La polarización social, alentada y alimentada por el gobierno, es notable.

Aunque el Presidente Correa disfruta de una popularidad que ronda el 80%, ha ido perdiendo, progresivamente, apoyos de importantes sectores sociales que le acompañaron en sus inicios: los movimientos indígenas, los movimientos sociales, los académicos e intelectuales críticos con la antigua clase política. El Referéndum de mayo de 2011 (con el que se introdujeron controles al poder judicial y a los medios de comunicación) que Correa ganó por un estrecho margen, visibilizó está pérdida de apoyos a su proyecto político de “Revolución Ciudadana”.

La agenda de desarrollo y de inclusión social impulsada por el Presidente Correa ha logrado importantes avances en términos de reducción de la pobreza extrema y de la pobreza, disminuyendo la brecha social en el país. Sin embargo, el debilitamiento de la pluralidad democrática, y por tanto de la democracia, son evidentes.Así también ha sucedido en otros países de la región, pero también hay ejemplos, como Brasil, en los que el fortalecimiento democrático y una agenda de inclusión social son términos de una ecuación de éxito.

Aglutinar a la sociedad en torno a un proyecto político, sumar voluntades para impulsar la cohesión social y el progreso de una mayoría de la sociedad, cultivar el diálogo con la oposición, garantizar la máxima pluralidad de los medios de comunicación, y la separación de poderes son elementos esenciales de una democracia fuerte y sana. Sería muy deseable que Ecuador, que ha logrado notables avances en términos sociales, aprovechara estos próximos cuatro años para, sin abandonar una agenda de inclusión social que ha llegado para quedarse, recorrer también el camino del fortalecimiento democrático.

Transparencia, transparencia, transparencia


Hace semanas me llegó esta presentación de Don Tapscott:  «Cuatro principios para la apertura mundial». La encontré interesante e inspiradora, y hoy, cuando vivimos en nuestro país una de las crisis institucionales-además de económica y social- y de confianza ciudadana más profundas y desoladoras de nuestra democracia, creo que tiene aún más sentido.

La revolución tecnológica ha transformado el mundo, que avanza a gran velocidad en una dirección en la que la apertura no es ya un horizonte futuro, sino un presente ineludible. Ha dejado de ser un deseo para convertirse en una realidad. Y un poderoso motor para generar innovación. Much@s lo han comprendido, e iniciativas como el open-government pueden enmarcarse en este nuevo escenario.

La apertura significa transparencia; colaboración; conocimiento compartido (la información ya no es poder, sino que el poder reside en compartir la información), y empoderamiento. Este mundo abierto está generando mayores espacios de libertad, de articulación de respuestas colectivas, de intercambio, de colaboración, de participación. Y eso, es bueno. Recordando las palabras de Louis D. Brandeis, Juez de la suprema corte de justicia de los Estados Unidos, Tapscott subraya que la luz del sol es el mejor desinfectante civilizatorio, y señala que «necesitamos un montón de luz solar en este mundo atribulado».

En esta nueva era en red, de la inteligencia conectada, la clave es la confianza. Como señala Tapscott, en el mundo actual, las instituciones (como las organizaciones) están desnudas, al descubierto, y tienen que ser honestas necesariamente, porque la honestidad es visible (y también su ausencia) como nunca antes; del mismo modo, la integridad tiene que ser un componente de su ADN, porque de lo contrario serán incapaces de lograr la confianza. Y sin confianza, no hay intercambio. No hay diálogo, ni colaboración, ni apoyo, ni credibilidad, ni respeto, ni legitimidad. Sin confianza en su producto, ninguna empresa puede sobrevivir, y mucho menos tener éxito.

Mientras estos principios -diálogo sincero, conocimiento compartido, transparencia, escucha activa- ya son aplicados en todo el mundo por muchas organizaciones (conscientes de que la diplomacia corporativa es un elemento esencial para situarse en el mundo), en nuestro país los viejos esquemas de la opacidad, la ocultación, la negación y ausencia de diálogo, las trabas a la colaboración, nos sumen en una situación esperpéntica donde, lejos de buscar obtener la confianza, se cuestiona a los ciudadanos por querer saber; donde se considera que se pueden negar explicaciones que no convienen a los intereses propios; donde se escatima transparencia en la falsa creencia de que, actuando así, es posible silenciar una realidad. Por mucho que algunos se empeñen, ese viejo modelo ya no puede funcionar ni sostenerse.

Tapscott expresa su confianza en que este mundo abierto contribuya a resolver algunos de los problemas mundiales más acuciantes. El hermoso ejemplo del murmullo de las alas de los estorninos, en el cierre de su presentación, es elocuente. Un mundo abierto y colaborativo es proclive a la búsqueda de soluciones globales y compartidas.

En la era post-industrial en la que vivimos, la transparencia que conlleva un mundo abierto ha dejado de ser una opción. El tren ha salido ya de la estación.Y eso, además de ser imparable, es bueno. Convendría que los responsables políticos entendieran el alcance de esta realidad.

La presentación dura algo menos de 18 minutos. Os aseguro que merece la pena.

En defensa de la política

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Puede parecer que voy a contracorriente, pero soy de las que creen que la política es una tarea noble, en particular en dos de sus acepciones: “generosa”; y “honrosa, estimable, como contrapuesto a deshonrada y vil”. Creo también que una buena parte de los políticos la ejercen con honestidad y compromiso. He conocido a políticos entregados a su tarea, y honrados en su desempeño. También he conocido a algunos que no, y por muy brillantes que pudieran ser, siempre pensé de ellos que eran malos políticos.

Lamentablemente, hay personas que se sirven de la política para otros fines que nada tienen que ver con la naturaleza de esa tarea. Esos – sobre los que debe caer todo el peso de la ley- traicionan la democracia sobre la que se asienta nuestra convivencia, y a los ciudadanos que los eligieron para desempeñar su trabajo. Producen tedio porque su comportamiento es, sin matices, repugnante. Destruyen la política porque la despojan de su naturaleza noble, y digna. Lo que hacen los políticos que se sirven de ella en lugar de servirla es, precisamente, desnaturalizarla, traicionarla, deshonrarla. A lo que se dedican tiene otros nombres, pero no debería llamarse política.

Aunque haya hartazgo social por su desvergüenza, e incluso algunos tengan la tentación de desconfiar de todos los políticos -pensando que “todos son iguales”- creo firmemente que no es así y, si lo fuera, no quiero ni puedo aceptarlo. Porque si dejamos que la política se convierta en una tarea innoble, estaremos permitiendo lo que algunos desean: que la política no sólo no haga falta, sino que se convierta en un problema. Ya conocemos ese discurso y su deriva.

Cuando la economía lo inunda todo, engullendo a su paso valores, derechos, y solidaridades, la política es imprescindible. Sólo la política puede transformar la realidad. Son las decisiones políticas las que conforman nuestra sanidad, educación, cooperación al desarrollo, los derechos individuales que disfrutamos, las relaciones internacionales de nuestro país. Y sin política, la ciudadanía pierde su capacidad de participación en la gestión de lo público. Pierde su derecho a elegir, a través de los procesos electorales, a quienes quiere que hagan política en su nombre.

Más allá de la evidente responsabilidad individual de quienes están en política para fines innobles -responsabilidad que deben asumir en todas sus consecuencias políticas y judiciales con celeridad y sin atenuantes- los partidos políticos tienen también su cuota de responsabilidad. Elegir a los mejores tiene que ser, también y sobre todo, contar con las personas más honestas, más firmemente comprometidas con la defensa del interés general. Sin embargo, la honradez no es un valor que cotice al alza en las organizaciones políticas. Aunque los viejos esquemas de funcionamiento están empezando a ser desmontados en algunos partidos políticos, siguen bien instalados en la mayoría de las fuerzas políticas.

En estos tiempos de ruptura de los vínculos entre la ciudadanía y los políticos, de desafección, de desencanto, de hartazgo, yo reivindico la política. La política de verdad, la que propone respuestas –con respeto a su distinta naturaleza ideológica- a los desafíos de nuestra sociedad, la que apuesta por el interés común, la transparente, la que busca la colaboración con los ciudadanos. Eso es la política. Exijámosla. Que no traten de engañarnos diciéndonos que es otra cosa. Que no traten de engañarnos diciéndonos que todos son iguales. Yo sé que no.

Responsabilidad Social: tod@s y más que nunca

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Me asomé a la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) de la mano de algunas de las personas que, en mi opinión, están más comprometidas con el objetivo de ayudar a que las organizaciones sean socialmente responsables. Personas tan convencidas de la importancia de la RSE que han conseguido que también sus organizaciones se convenzan. Personas que han trasladado su pasión, inoculando el virus de la sostenibilidad y la responsabilidad.

Esther Trujillo, y Ramón Jaúregui son algunas de esas personas de cuya mano me he acercado a un espacio de acción apasionante que implica estrategias –verdaderas estrategias a medio y largo plazo, y no meros movimientos tácticos- de responsabilidad social y desarrollo sostenible. Ambos, de los que aprendí, y sigo aprendiendo, señalan con gran acierto que, además de las empresas, se ha de exigir también a las administraciones responsabilidad social en la gestión de lo público.

En este sentido, el Open Government, o Gobierno Abierto es un poderoso instrumento que puede contribuir enormemente a la gestión pública responsable. El open government se fundamenta en tres pilares: transparencia, participación y colaboración entre gobierno y ciudadanos. Transparencia en la utilización de los recursos públicos, que lleva aparejada una gestión responsable de los mismos. Participación de la ciudadanía, trasladando sus puntos de vista y sus intereses.Y colaboración, en un diálogo permanente, en tiempo real, accesible y sincero.

A pesar de las dificultades de implantar una estrategia de RSC en el sector privado, en los últimos años, cada vez más empresas de todo el mundo se relacionan con la sociedad en la que trabajan no sólo para obtener su lógico beneficio económico, sino también con el propósito de crear valor para el interés común. No hablo de filantropía, ni de acción social. Me refiero a la responsabilidad con la sociedad en la que operan, con la que se relacionan, en la que se posicionan, con la que hablan y a la que escuchan, en un diálogo imprescindible y sincero, que no puede ser impostado. En esa alianza con los grupos de interés, ganan las empresas y gana la sociedad.

Ser una organización socialmente responsable se traduce en comportamientos éticos concretos. Implica pasar de las musas al teatro. Maneras de trabajar que tienen que ver no con el cumplimiento de la legislación vigente en materia laboral, de derechos humanos, o medioambiental. La RSC es un compromiso voluntario –al menos a día de hoy-, y por tanto, ha de ir más allá del acatamiento escrupuloso de la ley. Y ahí radica su auténtico valor. Contar con proveedores socialmente responsables, y no hacerlo con aquellos que no lo son; mantener la comunicación con tod@s l@s emplead@s –con tod@s- con transparencia y veracidad; facilitar la conciliación entre la vida personal y profesional a tod@s, hombres y mujeres. Eso es crear valor compartido.

En nuestro país, empresas españolas -particularmente las grandes compañías- son líderes en los índices internacionales de sostenibilidad. Y aunque queda mucho por hacer, hay que destacar lo logrado. Sin embargo, en esta época de crisis, podría ser más difícil que las empresas mantengan su compromiso con la responsabilidad social. Son malos tiempos para la lírica, pero la RSC ya se escribe en prosa, y, no nos olvidemos, la ciudadanía tiene en sus manos la posibilidad de elegir. La crisis económica puede ser, también, una oportunidad para instalar sólidamente en la sociedad una percepción que se traduzca en una realidad sostenida: o se es socialmente responsable, o no se es. Por supuesto esto también es válido para las administraciones públicas.

Ahora tenemos que lograr, entre tod@s, que la marea de la crisis no se lleve por delante lo conseguido, que no borre su huella.

Nota: Dos publicaciones que recomiendo especialmente en relación a este tema: el post de Ramón Jaúregui «Un resumen  y diez recomendaciones para un debate necesario en 2013«. Y el Manual de Gestión Pública Responsable, por Esther Trujillo y otros autores.

India, el reto de ser un actor global

 

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Asia representa, simultáneamente, uno de los motores del crecimiento económico mundial, y un elemento vital del equilibrio global de poder. La India es la democracia más poblada del mundo, con más de 1.200 millones de habitantes. Con niveles de crecimiento económico en torno al 8% en los últimos años, el país es hoy un actor global, que juega un papel creciente en la gobernanza mundial. Miembro del G20, de los BRICS  (junto con Brasil, Rusia, China y Sudáfrica) y de IBSA (con Brasil y Sudáfrica), la India aspira a ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Las perspectivas a medio plazo confirman la evolución de la India como potencia económica. En su reciente informe Una mirada a 2060: Una visión global del crecimiento a largo plazo, la OCDE señala que el PIB combinado de China e India superará en 2025 al de las economías del G-7, y rebasará a la de todos los miembros actuales de la OCDE en 2060. India, con un crecimiento actual del 5,1%, será el país que mejor evolucione en las próximas cinco décadas. La economía india superará a la zona euro en unos 20 años, y pasará de representar el 7% del total al 18% en 2060.

El país es reconocido en el mundo por su contribución a la biotecnología, la industria farmaceútica, y el desarrollo de las TICs, además de por una extraordinaria y milenaria cultura.

Pero la India es también un país de enormes desigualdades económicas y sociales, con elevados niveles de pobreza y desnutrición infantil, y donde la lacra de la violencia –en múltiples formas- contra las mujeres ha sido invisible y silenciada. Según datos de ONU Mujeres, un estudio de 2010 realizado por el gobierno de Nueva Delhi, JAGORI y ONU Mujeres señala que el 54 por ciento de las mujeres y el 69 por ciento de los hombres que ven que una mujer está siendo acosada prefieren no involucrarse. Las mujeres, a pesar de su progresiva incorporación a la educación superior, y al mercado de trabajo, siguen siendo ciudadanas de segunda clase.

La sociedad india parece haber reaccionado. Tras la violación, el pasado 16 diciembre, de una estudiante de 23 años en un autobús en Nueva Dehli, y su muerte dos semanas después por las heridas causadas por sus agresores, las protestas en la calle no han cesado, expresando la indignación y la repulsa, y exigiendo a los poderes públicos acciones urgentes y decididas para que estas violaciones de los derechos humanos no vuelvan a suceder y, en ningún caso, queden de nuevo impunes.

Como dolorosamente ha recordado la socióloga Ranjana Kumari, Directora del Centre For Social Research, las violaciones son muy comunes en la India. En los últimos 30 años la violaciones se han multiplicado por 10, hasta llegar a 24.206 casos en 2011, según cifras oficiales, número que no refleja la realidad, pues muy pocos casos son denunciados, y de ellos, pocos son condenados judicialmente. Según datos oficiales, sólo el 26% en el 2011.

La indudable emergencia de la India, y su nueva relevancia internacional no son fácilmente compatibles con un país que ignora los derechos humanos de casi la mitad de su sociedad. Los extraordinarios avances tecnológicos, una clase media en continuo crecimiento, un dinamismo económico notable son caras de una moneda en cuyo reverso perviven, como una de las desigualdades más dramáticas, graves violaciones de los derechos humanos de las mujeres, a pesar de los indudables avances en matrimonios pactados de menores, o en leyes contra los abortos selectivos por sexo.

Muchas niñas y mujeres en todo el mundo sufren violaciones de sus derechos humanos, y una doble discriminación, económica y en razón de género. Pero si la India quiere tener un mayor protagonismo en las instituciones de la gobernanza mundial, y ejercer un mayor liderazgo global, debería mostrar al mundo que puede y quiere mejorar la calidad de su democracia, y comprometerse con la defensa de los derechos y libertades fundamentales. Parece difícil contribuir a la gobernanza global si no se trabaja en favor de una gobernanza inclusiva que garantice los derechos humanos. También los de las mujeres.

Un deseo para 2013

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Las cosas cambian cuando una mayoría social lo quiere, y actúa para que cambien. Y cuando un responsable político es capaz de recoger las demandas ciudadanas y traducirlas en cambios legales.

Mi deseo para el año próximo es que se logre, por fin, un Tratado sobre el Comercio de Armas Convencionales.

Aprobar el Tratado supondría contar con un instrumento jurídicamente vinculante para que los Estados adopten controles universales para las exportaciones e importaciones de armas. Un avance enorme para fortalecer los derechos humanos, el derecho internacional humanitario, y por tanto la paz y la seguridad.

El pasado mes de julio, Estados Unidos y Rusia, entre otros países, solicitaron más tiempo para aprobar el Tratado, lo que lo ha retrasado de nuevo. Pero, como señala Intermón Oxfam, se ha logrado ya un apoyo amplio para lograrlo, que ha ido creciendo en muchos países del mundo gracias a la movilización y a la acción ciudadanas.

Las negociaciones se reanudarán en marzo de 2013.

En estos días, la sociedad estadounidense, conmocionada por la reciente tragedia sucedida en Newtown -donde murieron asesinados veinte niños y niñas, y seis adultos- ha empezado a expresar la necesidad de “hacer algo para cambiar”, para que esta situación no vuelva a repetirse, para afrontar la violencia que, cada año, ejercen personas que, en virtud de la segunda enmienda constitucional, están en posesión de armas de fuego en el país.

En su discurso  tras la tragedia, el Presidente Barack Obama se comprometió a “utilizar todo el poder” presidencial para cambiar las cosas. «Estas tragedias deben terminar. Se nos dirá que las causas de esa violencia son complejas, y eso es cierto. Pero eso no puede ser una excusa para la inacción. Tenemos la obligación de intentarlo. ¿Estamos dispuestos a decir que la violencia que ataca a nuestros niños año tras año es el precio que pagamos por nuestra libertad?».

Este cambio es, sin duda, un profundo cambio cultural. Y como cualquier cambio de raíces culturales, tomará tiempo y determinación, y requerirá una sociedad movilizada que reclame a los liderazgos políticos cambios legislativos efectivos, programas de prevención y educación en las escuelas, en definitiva, una verdadera política integral contra la violencia.

El poderoso lobby de las armas, la Asociación Nacional del Rifle, se opondrá. Cualquier tramitación legislativa efectiva para imponer mayores controles requerirá un enorme esfuerzo. Como señala el New York Times en su editorial de hace un par de días, durante años se han presentado proyectos de ley de control de armas que han sido rechazados.

Pero ahora parece existir una nueva movilización ciudadana que puede cambiar las cosas. La firma, en apenas tres días, por parte de casi 160.000 personas, de una petición en la web de la Casa Blanca para que el presidente Barack Obama trabaje por un mayor control de la armas en el país es alentadora.

Junto a ese cambio esperanzador, sería deseable que Estados Unidos, en coherencia, cambiara también su posición en las negociaciones internacionales en marcha, contribuyendo a hacer posible la aprobación de un Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas. 

Ese Tratado es mi deseo para el 2013.

Defender lo nuestro

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Ayer fue el día universal de los derechos humanos. El día que se conmemora que, hace 64 años en las Naciones Unidas, decidimos aprobar una declaración que contiene los derechos fundamentales, inalienables, de los que tod@s deberíamos disfrutar, en cualquier lugar del mundo, en nuestra condición de seres humanos.

Escribo hoy este post, en lugar de hacerlo ayer, como una manera de recordar y recordarnos la necesidad de que nuestros derechos, los derechos humanos, sean promovidos y defendidos todos los días. Hay personas, como señalan organizaciones como Amnistía Internacional, que hacen de la defensa de nuestros derechos su quehacer diario y su horizonte vital. Hay personas que se fajan por nuestros derechos cada uno de los días de su vida, en lugares donde defender las libertades y derechos fundamentales se paga, a veces, con la vida, y en muchas ocasiones con la privación de libertad, las torturas, o el acoso social y/o institucional en sus países. Esas personas son imprescindibles y hoy, quizá, aún más necesarias que nunca.

En tiempos difíciles como los que vivimos en países desarrollados como el nuestro, defender los derechos humanos resulta más difícil y más arduo. Los gobiernos democráticos, claves en la promoción y defensa universal de los derechos humanos, son menos receptivos a las recomendaciones y peticiones de organizaciones, como Amnistía Internacional, que denuncian abusos y violaciones de esos derechos. Están ocupados en asuntos urgentes como la crisis económica.  Y sin duda tienen la tentación de despreocuparse de otros asuntos, tan urgentes e importantes. Al mismo tiempo, esos mismo gobiernos reciben menos presión de la ciudadanía para que actúe, en el seno de las instituciones de las que forman parte o en sus relaciones bilaterales, en contra de las violaciones y abusos que se cometen en otros países. En épocas de prosperidad y bienestar, los gobiernos de países democráticos pueden ser más proclives a defender y promover los derechos humanos. Pero en épocas de crisis, como la actual, olvidar ese compromiso es demasiado fácil, y, además, la sociedad no afea esa conducta. Al menos no lo hace de manera tan visible que obligue a los gobiernos a actuar.

En nuestro país, hoy estamos preocupados por el trabajo -por conseguirlo y/o por no perderlo-, por la educación de nuestr@s hij@s, la sanidad, la jubilación de nuestros mayores… temas clave para la sociedad que hemos construido a lo largo de estas décadas de democracia, sobre la base de la cohesión social, hoy achicada y debilitada.

Sin embargo, y a pesar de las dificultades que much@s estamos enfrentando, la sociedad española sigue siendo, como señala la Coordinadora de ONGS en su último informe, una sociedad solidaria, sensible al sufrimiento de otros cuya situación es, a gran distancia, infinitamente peor que la nuestra. Sensible, y comprometida.

Los derechos humanos son los derechos de todos nosotros. En estos tiempos duros, no dejemos de exigir a nuestros gobiernos, como elemento esencial y concreto de su acción exterior, que los promueva y los defienda en todo el mundo. No dejemos de alzar nuestra voz, de manera individua y colectiva, para denunciar su violación. Estaremos defendiendo lo de todos los seres humanos.También lo nuestro.

Pacto por México: luces y sombras

 

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El acuerdo suscrito por el Presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, con los líderes del PRI, del PAN y del PRD, principales fuerzas políticas mexicanas,  bajo el nombre de Pacto por México, es una buena noticia.

En primer lugar, despeja en parte la incertidumbre sobre la etapa que ahora se abre en el país, tras la vuelta del PRI a la presidencia de la República, sobre si este regreso representaría un retroceso democrático. El Pacto es, en buena medida, una muestra de madurez de la transición democrática mexicana.

Durante años (al menos durante los sexenios de los Presidentes Fox y Calderón) se ha señalado la necesidad de aglutinar un consenso político amplio que permitiera sacar adelante las reformas imprescindibles que el país necesita  para avanzar en su desarrollo económico y social. Asimismo, se ha dado acuerdo sobre cuáles son esas reformas clave: educativa, fiscal, energética, entre otras. Ese consenso que se ha venido reclamando como imprescindible parece, por fin, haberse logrado.

Habrá que ver si el Pacto se traducirá en decisiones ejecutivas y en medidas transformadoras de una realidad compleja y diversa, reflejo del país que es México. Habrá que esperar para saber si la buena noticia trasciende una mera imagen de unidad –sin duda nueva en el país- y un conjunto de buenas intenciones.

El hecho de que el Pacto se firmara en el primer día hábil de la presidencia de Peña Nieto, el 2 de diciembre, es también una señal positiva de la voluntad de ponerse manos a la obra cuanto antes. Como también sucede en su vecino Estados Unidos, las decisiones complejas y de calado se han de tomar en la primera mitad del mandato, cuanto antes, aprovechando el “momentum” y la energía con que se aborda una nueva presidencia. Algunos analistas señalan que se han de tomar en el primer año de su presidencia.

El Pacto incluye cinco puntos para transformar el país en una sociedad de derechos y libertad; impulsar el crecimiento económico, el empleo y la competitividad; garantizar seguridad, justicia y transparencia; la rendición de cuentas y el combate a la corrupción; y la gobernabilidad democrática.

A través de casi 100 compromisos, contempla reformas en materia educativa, pensiones para desempleados y jubilados, la universalidad del sistema de salud pública, medidas para combatir la pobreza, la defensa de los derechos humanos, el fomento de la competencia y el acceso a las telecomunicaciones, la reforma bancaria y fiscal, la conversión de la petrolera estatal Pemex en una empresa productiva, la creación de la Gendarmería Nacional, la unificación de códigos penales, la puesta en marcha de la Comisión Anticorrupción, una reforma electoral que limite los gastos de campaña y permita forjar gobiernos de coalición, o un nuevo estatus jurídico para el Distrito Federal.

El Pacto es ambicioso en algunos puntos, y más modesto en otros. Algunos analistas han expresado ya su decepción ante la reforma energética, que consideran ineficaz al mantener la propiedad estatal de Pemex. Otros expresan serias dudas sobre los necesarios recursos económicos para implementar estas medidas. ¿De dónde saldrá el dinero? La fiscalidad mexicana está entre las más bajas de la región latinoamericana, si descontamos los ingresos del petróleo.

Sin embargo, lo que es evidente es que el Pacto es un punto de partida. Sin él, el Presidente Peña Nieto, en minoría en el Congreso y el Senado, lo tendría muy difícil, casi imposible, para sacar adelante cualquier reforma. Con el apoyo de la oposición, existe una oportunidad. La voluntad de sus firmantes dirá si las esperanzas están fundadas.

De lograrse todos o algunos de estos cambios, México daría un gran paso modernizador, lo que  supondría mejores y mayores ingresos procedentes de sus recursos naturales, y por tanto mayor riqueza y posibilidad de redistribuir; reducción de la enorme brecha de desigualdad; inversión en capital humano; una fiscalidad que posibilite políticas públicas sostenibles. En definitiva, México cambiaría su cara, que ahora refleja un país de 112 millones de habitantes en el que el 44% vive en la pobreza, casi el 34% en pobreza moderada y el 10.5% en pobreza extrema; un país en el que, a pesar de los avances que se han producido en los últimos años a través de programas exitosos como Oportunidades, la distancia entre el Índice de Desarrollo Humano entre Estados y/o municipios es inmensa (Nuevo León o el Distrito Federal, con un Índice alto, frente a Chiapas, u Oaxaca, con Índices muy bajos). Un país en el que, según la OCDE, el 10% más rico tiene salarios 26 veces superiores al 10% más pobre, un gap de entre los mayores del mundo; un país en el que el 25% de los niños y niñas, según UNICEF, vive en condiciones de pobreza alimentaria.

Que tenga o no éxito el acuerdo, esto es, que logre cumplir los objetivos que se ha marcado, es difícil de predecir, y es aún demasiado pronto para aventurar qué recorrido tendrá. Pero si se logra, México estará poniendo las bases para convertirse en un país más justo, más próspero, y con mayor presencia en la región y en el mundo.