Archivos Mensuales: febrero 2013

Ecuador: ¿cohesión social versus democracia?

ecuador foto buena
Mañana, 17 de febrero, los ecuatorianos votarán para elegir Presidente para los próximos cuatro años. Hay pocas dudas, según todos los análisis y los datos que arrojan las encuestas, de que Rafael Correa, en el cargo desde noviembre de 2006 (reelegido en 2009), logre de nuevo el apoyo mayoritario. Su popularidad roza el 80%. Falta saber si su victoria se producirá en primera o en segunda vuelta. Se cifra en un 30% el número de indecisos.

Entre los factores que explican las buenas perspectivas de Rafael Correa destaca la notable reducción de la brecha de desigualdad social que se ha venido produciendo durante sus ocho años de gobierno. La tasa de pobreza extrema ha disminuido significativamente de un 40% en 2001 a un 16,5% en 2010. Aunque en las zonas rurales (donde vive un 38% de la población), todavía el 40% vive en condiciones de pobreza.

El desempleo se ha reducido al nivel más bajo de la historia del país, y se cifra en torno al 5%. El alto precio del petróleo, la principal fuente de ingresos del país, ha permitido mantener una fuerte inversión social y en infraestructuras. Esta agenda social ha sido una constante del gobierno de Correa. En los primeros cien días de su primer gobierno, Rafael Correa dobló las ayudas a las familias más pobres y aumentó los subsidios en materia de vivienda, electricidad, y gas, entre otros. El Bono de Desarrollo Humano, que reciben casi 2 millones de personas (en un país de 14 millones aproximadamente) se ha incrementado en los últimos meses de 35 a 50 dólares USA. El salario básico se ha incrementando recientemente de 292 a 318 dólares USA, así como el Bono Vivienda, que se aumentó de 5000 a 6000 dólares para adquirir una vivienda de hasta 15000 dólares.

Rafael Correa llegó a la presidencia de la República en un momento en el que la brecha entre la sociedad civil y los partidos políticos, la desconfianza y el desprestigio de las instituciones, y el hartazgo de la población frente a un Estado incapaz de dar respuestas a los problemas del país no hacían más que profundizarse. Ocho Presidentes en apenas una década. Una profunda crisis de gobernabilidad, un modelo político, social y económico agotados, amplios sectores de la población en situación de exclusión social y de pobreza o pobreza extrema, y una democracia débil componían el escenario en el que Rafael Correa, en una campaña electoral ascendente, recibió el apoyo mayoritario en noviembre de 2006.

Con un mensaje populista de rechazo a la élite política tradicional, de cambio del modelo político e institucional (de “refundación” del Estado), y de inclusión social y económica, Rafael Correa ganó las elecciones de forma inesperada, tras una campaña en la que los pronósticos iniciales apuntaban a una disputa en segunda vuelta entre el candidato del centro-izquierda León Roldós, y el populista de derechas Álvaro Noboa, el empresario bananero más rico del país (candidato, de nuevo, en las elecciones de mañana).

Ser un político sin partido le supuso a Correa una excelente baza electoral. Recogió, junto con un voto ávido de cambio, el voto de rechazo hacia la clase política tradicional, corrupta e inoperante. Correa se identificó como el “candidato del pueblo” frente a los candidatos de las élites. Ser un outsider fue su gran carta de presentación.

Tras ocho años de mandato, el principal eje de su campaña electoral y elemento movilizador ha sido, de nuevo, el rechazo a la clase política, la “partidocracia”, a pesar de que la mayoría de los partidos y actores políticos tradicionales han desaparecido de la escena política. Conseguir una amplia mayoría en la Asamblea Legislativa que le permita actuar sin contrapesos, su objetivo fundamental.

La importante agenda social del Presidente Correa no ha venido acompañada de cuidados a la maltrecha democracia ecuatoriana. La institucionalidad no sólo no se ha fortalecido, sino que se ha debilitado desde dentro. Los espacios de pluralidad política se han venido achicando en el país a lo largo de estos ocho años. La concentración de poder en el Presidente – que muchos denominan “hiperpresidencialismo”-; las amplias mayorías de Alianza País –el partido oficial- tanto en la Asamblea Constituyente que elaboró la nueva Constitución de 2008, como en la Asamblea Legislativa; la falta de diálogo y el hostigamiento a la oposición; los continuos ataques a los medios de comunicación críticos con el gobierno; y una relación de enfrentamiento con las ONGS lo ilustran. La polarización social, alentada y alimentada por el gobierno, es notable.

Aunque el Presidente Correa disfruta de una popularidad que ronda el 80%, ha ido perdiendo, progresivamente, apoyos de importantes sectores sociales que le acompañaron en sus inicios: los movimientos indígenas, los movimientos sociales, los académicos e intelectuales críticos con la antigua clase política. El Referéndum de mayo de 2011 (con el que se introdujeron controles al poder judicial y a los medios de comunicación) que Correa ganó por un estrecho margen, visibilizó está pérdida de apoyos a su proyecto político de “Revolución Ciudadana”.

La agenda de desarrollo y de inclusión social impulsada por el Presidente Correa ha logrado importantes avances en términos de reducción de la pobreza extrema y de la pobreza, disminuyendo la brecha social en el país. Sin embargo, el debilitamiento de la pluralidad democrática, y por tanto de la democracia, son evidentes.Así también ha sucedido en otros países de la región, pero también hay ejemplos, como Brasil, en los que el fortalecimiento democrático y una agenda de inclusión social son términos de una ecuación de éxito.

Aglutinar a la sociedad en torno a un proyecto político, sumar voluntades para impulsar la cohesión social y el progreso de una mayoría de la sociedad, cultivar el diálogo con la oposición, garantizar la máxima pluralidad de los medios de comunicación, y la separación de poderes son elementos esenciales de una democracia fuerte y sana. Sería muy deseable que Ecuador, que ha logrado notables avances en términos sociales, aprovechara estos próximos cuatro años para, sin abandonar una agenda de inclusión social que ha llegado para quedarse, recorrer también el camino del fortalecimiento democrático.

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Transparencia, transparencia, transparencia


Hace semanas me llegó esta presentación de Don Tapscott:  “Cuatro principios para la apertura mundial”. La encontré interesante e inspiradora, y hoy, cuando vivimos en nuestro país una de las crisis institucionales-además de económica y social- y de confianza ciudadana más profundas y desoladoras de nuestra democracia, creo que tiene aún más sentido.

La revolución tecnológica ha transformado el mundo, que avanza a gran velocidad en una dirección en la que la apertura no es ya un horizonte futuro, sino un presente ineludible. Ha dejado de ser un deseo para convertirse en una realidad. Y un poderoso motor para generar innovación. Much@s lo han comprendido, e iniciativas como el open-government pueden enmarcarse en este nuevo escenario.

La apertura significa transparencia; colaboración; conocimiento compartido (la información ya no es poder, sino que el poder reside en compartir la información), y empoderamiento. Este mundo abierto está generando mayores espacios de libertad, de articulación de respuestas colectivas, de intercambio, de colaboración, de participación. Y eso, es bueno. Recordando las palabras de Louis D. Brandeis, Juez de la suprema corte de justicia de los Estados Unidos, Tapscott subraya que la luz del sol es el mejor desinfectante civilizatorio, y señala que “necesitamos un montón de luz solar en este mundo atribulado”.

En esta nueva era en red, de la inteligencia conectada, la clave es la confianza. Como señala Tapscott, en el mundo actual, las instituciones (como las organizaciones) están desnudas, al descubierto, y tienen que ser honestas necesariamente, porque la honestidad es visible (y también su ausencia) como nunca antes; del mismo modo, la integridad tiene que ser un componente de su ADN, porque de lo contrario serán incapaces de lograr la confianza. Y sin confianza, no hay intercambio. No hay diálogo, ni colaboración, ni apoyo, ni credibilidad, ni respeto, ni legitimidad. Sin confianza en su producto, ninguna empresa puede sobrevivir, y mucho menos tener éxito.

Mientras estos principios -diálogo sincero, conocimiento compartido, transparencia, escucha activa- ya son aplicados en todo el mundo por muchas organizaciones (conscientes de que la diplomacia corporativa es un elemento esencial para situarse en el mundo), en nuestro país los viejos esquemas de la opacidad, la ocultación, la negación y ausencia de diálogo, las trabas a la colaboración, nos sumen en una situación esperpéntica donde, lejos de buscar obtener la confianza, se cuestiona a los ciudadanos por querer saber; donde se considera que se pueden negar explicaciones que no convienen a los intereses propios; donde se escatima transparencia en la falsa creencia de que, actuando así, es posible silenciar una realidad. Por mucho que algunos se empeñen, ese viejo modelo ya no puede funcionar ni sostenerse.

Tapscott expresa su confianza en que este mundo abierto contribuya a resolver algunos de los problemas mundiales más acuciantes. El hermoso ejemplo del murmullo de las alas de los estorninos, en el cierre de su presentación, es elocuente. Un mundo abierto y colaborativo es proclive a la búsqueda de soluciones globales y compartidas.

En la era post-industrial en la que vivimos, la transparencia que conlleva un mundo abierto ha dejado de ser una opción. El tren ha salido ya de la estación.Y eso, además de ser imparable, es bueno. Convendría que los responsables políticos entendieran el alcance de esta realidad.

La presentación dura algo menos de 18 minutos. Os aseguro que merece la pena.