En defensa de la política

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Puede parecer que voy a contracorriente, pero soy de las que creen que la política es una tarea noble, en particular en dos de sus acepciones: “generosa”; y “honrosa, estimable, como contrapuesto a deshonrada y vil”. Creo también que una buena parte de los políticos la ejercen con honestidad y compromiso. He conocido a políticos entregados a su tarea, y honrados en su desempeño. También he conocido a algunos que no, y por muy brillantes que pudieran ser, siempre pensé de ellos que eran malos políticos.

Lamentablemente, hay personas que se sirven de la política para otros fines que nada tienen que ver con la naturaleza de esa tarea. Esos – sobre los que debe caer todo el peso de la ley- traicionan la democracia sobre la que se asienta nuestra convivencia, y a los ciudadanos que los eligieron para desempeñar su trabajo. Producen tedio porque su comportamiento es, sin matices, repugnante. Destruyen la política porque la despojan de su naturaleza noble, y digna. Lo que hacen los políticos que se sirven de ella en lugar de servirla es, precisamente, desnaturalizarla, traicionarla, deshonrarla. A lo que se dedican tiene otros nombres, pero no debería llamarse política.

Aunque haya hartazgo social por su desvergüenza, e incluso algunos tengan la tentación de desconfiar de todos los políticos -pensando que “todos son iguales”- creo firmemente que no es así y, si lo fuera, no quiero ni puedo aceptarlo. Porque si dejamos que la política se convierta en una tarea innoble, estaremos permitiendo lo que algunos desean: que la política no sólo no haga falta, sino que se convierta en un problema. Ya conocemos ese discurso y su deriva.

Cuando la economía lo inunda todo, engullendo a su paso valores, derechos, y solidaridades, la política es imprescindible. Sólo la política puede transformar la realidad. Son las decisiones políticas las que conforman nuestra sanidad, educación, cooperación al desarrollo, los derechos individuales que disfrutamos, las relaciones internacionales de nuestro país. Y sin política, la ciudadanía pierde su capacidad de participación en la gestión de lo público. Pierde su derecho a elegir, a través de los procesos electorales, a quienes quiere que hagan política en su nombre.

Más allá de la evidente responsabilidad individual de quienes están en política para fines innobles -responsabilidad que deben asumir en todas sus consecuencias políticas y judiciales con celeridad y sin atenuantes- los partidos políticos tienen también su cuota de responsabilidad. Elegir a los mejores tiene que ser, también y sobre todo, contar con las personas más honestas, más firmemente comprometidas con la defensa del interés general. Sin embargo, la honradez no es un valor que cotice al alza en las organizaciones políticas. Aunque los viejos esquemas de funcionamiento están empezando a ser desmontados en algunos partidos políticos, siguen bien instalados en la mayoría de las fuerzas políticas.

En estos tiempos de ruptura de los vínculos entre la ciudadanía y los políticos, de desafección, de desencanto, de hartazgo, yo reivindico la política. La política de verdad, la que propone respuestas –con respeto a su distinta naturaleza ideológica- a los desafíos de nuestra sociedad, la que apuesta por el interés común, la transparente, la que busca la colaboración con los ciudadanos. Eso es la política. Exijámosla. Que no traten de engañarnos diciéndonos que es otra cosa. Que no traten de engañarnos diciéndonos que todos son iguales. Yo sé que no.

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