Archivos Mensuales: enero 2013

En defensa de la política

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Puede parecer que voy a contracorriente, pero soy de las que creen que la política es una tarea noble, en particular en dos de sus acepciones: “generosa”; y “honrosa, estimable, como contrapuesto a deshonrada y vil”. Creo también que una buena parte de los políticos la ejercen con honestidad y compromiso. He conocido a políticos entregados a su tarea, y honrados en su desempeño. También he conocido a algunos que no, y por muy brillantes que pudieran ser, siempre pensé de ellos que eran malos políticos.

Lamentablemente, hay personas que se sirven de la política para otros fines que nada tienen que ver con la naturaleza de esa tarea. Esos – sobre los que debe caer todo el peso de la ley- traicionan la democracia sobre la que se asienta nuestra convivencia, y a los ciudadanos que los eligieron para desempeñar su trabajo. Producen tedio porque su comportamiento es, sin matices, repugnante. Destruyen la política porque la despojan de su naturaleza noble, y digna. Lo que hacen los políticos que se sirven de ella en lugar de servirla es, precisamente, desnaturalizarla, traicionarla, deshonrarla. A lo que se dedican tiene otros nombres, pero no debería llamarse política.

Aunque haya hartazgo social por su desvergüenza, e incluso algunos tengan la tentación de desconfiar de todos los políticos -pensando que “todos son iguales”- creo firmemente que no es así y, si lo fuera, no quiero ni puedo aceptarlo. Porque si dejamos que la política se convierta en una tarea innoble, estaremos permitiendo lo que algunos desean: que la política no sólo no haga falta, sino que se convierta en un problema. Ya conocemos ese discurso y su deriva.

Cuando la economía lo inunda todo, engullendo a su paso valores, derechos, y solidaridades, la política es imprescindible. Sólo la política puede transformar la realidad. Son las decisiones políticas las que conforman nuestra sanidad, educación, cooperación al desarrollo, los derechos individuales que disfrutamos, las relaciones internacionales de nuestro país. Y sin política, la ciudadanía pierde su capacidad de participación en la gestión de lo público. Pierde su derecho a elegir, a través de los procesos electorales, a quienes quiere que hagan política en su nombre.

Más allá de la evidente responsabilidad individual de quienes están en política para fines innobles -responsabilidad que deben asumir en todas sus consecuencias políticas y judiciales con celeridad y sin atenuantes- los partidos políticos tienen también su cuota de responsabilidad. Elegir a los mejores tiene que ser, también y sobre todo, contar con las personas más honestas, más firmemente comprometidas con la defensa del interés general. Sin embargo, la honradez no es un valor que cotice al alza en las organizaciones políticas. Aunque los viejos esquemas de funcionamiento están empezando a ser desmontados en algunos partidos políticos, siguen bien instalados en la mayoría de las fuerzas políticas.

En estos tiempos de ruptura de los vínculos entre la ciudadanía y los políticos, de desafección, de desencanto, de hartazgo, yo reivindico la política. La política de verdad, la que propone respuestas –con respeto a su distinta naturaleza ideológica- a los desafíos de nuestra sociedad, la que apuesta por el interés común, la transparente, la que busca la colaboración con los ciudadanos. Eso es la política. Exijámosla. Que no traten de engañarnos diciéndonos que es otra cosa. Que no traten de engañarnos diciéndonos que todos son iguales. Yo sé que no.

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Responsabilidad Social: tod@s y más que nunca

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Me asomé a la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) de la mano de algunas de las personas que, en mi opinión, están más comprometidas con el objetivo de ayudar a que las organizaciones sean socialmente responsables. Personas tan convencidas de la importancia de la RSE que han conseguido que también sus organizaciones se convenzan. Personas que han trasladado su pasión, inoculando el virus de la sostenibilidad y la responsabilidad.

Esther Trujillo, y Ramón Jaúregui son algunas de esas personas de cuya mano me he acercado a un espacio de acción apasionante que implica estrategias –verdaderas estrategias a medio y largo plazo, y no meros movimientos tácticos- de responsabilidad social y desarrollo sostenible. Ambos, de los que aprendí, y sigo aprendiendo, señalan con gran acierto que, además de las empresas, se ha de exigir también a las administraciones responsabilidad social en la gestión de lo público.

En este sentido, el Open Government, o Gobierno Abierto es un poderoso instrumento que puede contribuir enormemente a la gestión pública responsable. El open government se fundamenta en tres pilares: transparencia, participación y colaboración entre gobierno y ciudadanos. Transparencia en la utilización de los recursos públicos, que lleva aparejada una gestión responsable de los mismos. Participación de la ciudadanía, trasladando sus puntos de vista y sus intereses.Y colaboración, en un diálogo permanente, en tiempo real, accesible y sincero.

A pesar de las dificultades de implantar una estrategia de RSC en el sector privado, en los últimos años, cada vez más empresas de todo el mundo se relacionan con la sociedad en la que trabajan no sólo para obtener su lógico beneficio económico, sino también con el propósito de crear valor para el interés común. No hablo de filantropía, ni de acción social. Me refiero a la responsabilidad con la sociedad en la que operan, con la que se relacionan, en la que se posicionan, con la que hablan y a la que escuchan, en un diálogo imprescindible y sincero, que no puede ser impostado. En esa alianza con los grupos de interés, ganan las empresas y gana la sociedad.

Ser una organización socialmente responsable se traduce en comportamientos éticos concretos. Implica pasar de las musas al teatro. Maneras de trabajar que tienen que ver no con el cumplimiento de la legislación vigente en materia laboral, de derechos humanos, o medioambiental. La RSC es un compromiso voluntario –al menos a día de hoy-, y por tanto, ha de ir más allá del acatamiento escrupuloso de la ley. Y ahí radica su auténtico valor. Contar con proveedores socialmente responsables, y no hacerlo con aquellos que no lo son; mantener la comunicación con tod@s l@s emplead@s –con tod@s- con transparencia y veracidad; facilitar la conciliación entre la vida personal y profesional a tod@s, hombres y mujeres. Eso es crear valor compartido.

En nuestro país, empresas españolas -particularmente las grandes compañías- son líderes en los índices internacionales de sostenibilidad. Y aunque queda mucho por hacer, hay que destacar lo logrado. Sin embargo, en esta época de crisis, podría ser más difícil que las empresas mantengan su compromiso con la responsabilidad social. Son malos tiempos para la lírica, pero la RSC ya se escribe en prosa, y, no nos olvidemos, la ciudadanía tiene en sus manos la posibilidad de elegir. La crisis económica puede ser, también, una oportunidad para instalar sólidamente en la sociedad una percepción que se traduzca en una realidad sostenida: o se es socialmente responsable, o no se es. Por supuesto esto también es válido para las administraciones públicas.

Ahora tenemos que lograr, entre tod@s, que la marea de la crisis no se lleve por delante lo conseguido, que no borre su huella.

Nota: Dos publicaciones que recomiendo especialmente en relación a este tema: el post de Ramón Jaúregui “Un resumen  y diez recomendaciones para un debate necesario en 2013“. Y el Manual de Gestión Pública Responsable, por Esther Trujillo y otros autores.

India, el reto de ser un actor global

 

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Asia representa, simultáneamente, uno de los motores del crecimiento económico mundial, y un elemento vital del equilibrio global de poder. La India es la democracia más poblada del mundo, con más de 1.200 millones de habitantes. Con niveles de crecimiento económico en torno al 8% en los últimos años, el país es hoy un actor global, que juega un papel creciente en la gobernanza mundial. Miembro del G20, de los BRICS  (junto con Brasil, Rusia, China y Sudáfrica) y de IBSA (con Brasil y Sudáfrica), la India aspira a ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Las perspectivas a medio plazo confirman la evolución de la India como potencia económica. En su reciente informe Una mirada a 2060: Una visión global del crecimiento a largo plazo, la OCDE señala que el PIB combinado de China e India superará en 2025 al de las economías del G-7, y rebasará a la de todos los miembros actuales de la OCDE en 2060. India, con un crecimiento actual del 5,1%, será el país que mejor evolucione en las próximas cinco décadas. La economía india superará a la zona euro en unos 20 años, y pasará de representar el 7% del total al 18% en 2060.

El país es reconocido en el mundo por su contribución a la biotecnología, la industria farmaceútica, y el desarrollo de las TICs, además de por una extraordinaria y milenaria cultura.

Pero la India es también un país de enormes desigualdades económicas y sociales, con elevados niveles de pobreza y desnutrición infantil, y donde la lacra de la violencia –en múltiples formas- contra las mujeres ha sido invisible y silenciada. Según datos de ONU Mujeres, un estudio de 2010 realizado por el gobierno de Nueva Delhi, JAGORI y ONU Mujeres señala que el 54 por ciento de las mujeres y el 69 por ciento de los hombres que ven que una mujer está siendo acosada prefieren no involucrarse. Las mujeres, a pesar de su progresiva incorporación a la educación superior, y al mercado de trabajo, siguen siendo ciudadanas de segunda clase.

La sociedad india parece haber reaccionado. Tras la violación, el pasado 16 diciembre, de una estudiante de 23 años en un autobús en Nueva Dehli, y su muerte dos semanas después por las heridas causadas por sus agresores, las protestas en la calle no han cesado, expresando la indignación y la repulsa, y exigiendo a los poderes públicos acciones urgentes y decididas para que estas violaciones de los derechos humanos no vuelvan a suceder y, en ningún caso, queden de nuevo impunes.

Como dolorosamente ha recordado la socióloga Ranjana Kumari, Directora del Centre For Social Research, las violaciones son muy comunes en la India. En los últimos 30 años la violaciones se han multiplicado por 10, hasta llegar a 24.206 casos en 2011, según cifras oficiales, número que no refleja la realidad, pues muy pocos casos son denunciados, y de ellos, pocos son condenados judicialmente. Según datos oficiales, sólo el 26% en el 2011.

La indudable emergencia de la India, y su nueva relevancia internacional no son fácilmente compatibles con un país que ignora los derechos humanos de casi la mitad de su sociedad. Los extraordinarios avances tecnológicos, una clase media en continuo crecimiento, un dinamismo económico notable son caras de una moneda en cuyo reverso perviven, como una de las desigualdades más dramáticas, graves violaciones de los derechos humanos de las mujeres, a pesar de los indudables avances en matrimonios pactados de menores, o en leyes contra los abortos selectivos por sexo.

Muchas niñas y mujeres en todo el mundo sufren violaciones de sus derechos humanos, y una doble discriminación, económica y en razón de género. Pero si la India quiere tener un mayor protagonismo en las instituciones de la gobernanza mundial, y ejercer un mayor liderazgo global, debería mostrar al mundo que puede y quiere mejorar la calidad de su democracia, y comprometerse con la defensa de los derechos y libertades fundamentales. Parece difícil contribuir a la gobernanza global si no se trabaja en favor de una gobernanza inclusiva que garantice los derechos humanos. También los de las mujeres.